La más estúpida de las contradicciones en que vivimos los argentinos, es esta cerrazón mental que se manifiesta en vivir, pensar, decidir y actuar en base a un mercado de cuarenta millones de consumidores argentinos, cuando nuestro país puede producir alimentos para varios cientos de millones de consumidores, seguramente más de los que nos atrevemos a imaginar, en medio de la culminación del disparate nacional en que estamos sumergidos. Un “cas merdeux” como diría un francés indiscreto.
Estamos en la culminación de un proceso que viene de muchos años y que culmina en políticas de “seguridad alimentaria”, el absurdo que conduce a ampliar la geografía del hambre en un país donde sobra la comida y a instalar un sistema que termina encareciendo los alimentos para el consumidor, destruyendo a la producción y malogrando la capacidad de generar divisas sin las cuales la mayoría de nuestras “exóticas” industrias, promovidas al tuntún, no puede sobrevivir. Achicando y empobreciendo el país; el país de las villas miserias, los barrios cerrados, las vías y las rutas “asesinas”; el país de las escuelas privadas, el reino de “Doña Disparate” o la isla de Circe, la maga, que nos quiere transformar en pingüinos o pájaros bobos, no con sus pociones mágicas arteras, sino con la destilación de su retórica, suministrada metódicamente en repetidas dosis semanales obligatorias.
Nos estamos cayendo del mundo y lo que resulta más grave, nos estamos cayendo a Venezuela y a Cuba. Es que estamos eligiendo un castigo tan cruel, como estúpido ha sido nuestro pecado, y nuestra esperanza última reside en que un atisbo de cordura residual, nos impida dar un último paso hacia el infierno.
No hay que hacerse ilusiones fáciles. El pensar, decidir y actuar en pequeño, con mezquindad y con miras cortas y falta de grandeza, que caracteriza al actual régimen, ha identificado siempre al populismo, profundamente arraigado en la sociedad argentina, que ha visto en él un camino fácil y cómodo para lograr condiciones mejores que, en definitiva, terminan a poco andar, en peores. En unos se manifiesta con más virulencia y en otros en formas más disimuladas y sutiles, pero en definitiva, la boutade del Gral. Perón- “Ahora son todos peronistas”- si aceptamos que el peronismo ha sido la expresión más lograda del populismo, tiene, desgraciadamente, bastante fundamento.
Es posible que el país supere finalmente esta gripe pingüina, una forma especialmente virulenta de la enfermedad populista en sus fases más agudas y perniciosas. Pero resulta de importancia extrema que, aunque salgamos debilitados y agobiados de este proceso, podamos, vacunados ya definitivamente contra la enfermedad, superarla para siempre y no que nuestras defensas apenas alcancen para permitirnos convivir en forma endémica con la enfermedad, en su forma menos virulenta.
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