El Kirchnerismo pretende repetir la experiencia de Perón fundando un movimiento propio desde el Gobierno, utilizando todos los recursos del Estado y usufructuando de todos los recursos del aparato político-gremial del peronismo tradicional vaciándolo, al mismo tiempo, de operatividad política propia.
Es obvio que ha planteado una pelea donde sus mayores enemigos serán esas estructuras -ya sean políticas o gremiales- y que la resistencia que éstas le ofrezcan estarán estimuladas porque el Kirchnerismo opera, en sus cúpulas superiores, con cuadros extraños al peronismo histórico, afines con sectores “progres”, “entristas”, resistidos oportuna y constantemente a lo largo de la historia del peronismo, historia que culminó, en su oportunidad, con la expulsión de la plaza por el propio Perón.
Ante este panorama incierto, complicado y peligroso, por la posible violencia de su desenlace, teniendo en cuenta la crisis y ausencia de la FFAA y de buena parte de las de seguridad, y la pérdida de autoridad del Estado que está perdiendo el monopolio de la fuerza en la calle, ¿Qué harán y cómo reaccionarán las clases medias? Su aparición protagónica en el escenario político, constituye la última esperanza para que el país se reencauce hacia un Estado de Derecho fundado en la vigencia plena de la actual Constitución, con una praxis política que reconozca límites y respete las instituciones y las formas establecidas por ella: representativa, republicana y federal.
Cuando las clases medias asuman que el futuro del país está condicionado y demorado por este modelo nacional populista, corporativo y autoritario, que amenaza su propia existencia porque amenaza las condiciones y valores intrínsecos a su naturaleza, y si el peronismo histórico comprende que la experiencia nacional populista llevada a sus extremos, cuyas consecuencias está sufriendo en carne propia, debe concluir definitivamente y está dispuesto a validar una cultura y una praxis republicana que permita la fundación de una nueva República, anclada en la Constitución actual, que él mismo contribuyó a reformar en la última década del siglo XX, estarán dadas las condiciones para el cambio histórico que la Argentina requiere desesperadamente.
Y resulta así, porque la soberbia totalitaria de este régimen está arrasando con los fundamentos del país, institucionales, culturales, sociales, políticos y económicos; está dilapidando las condiciones altamente favorables para la Argentina que el mundo actual le ofrece comprometiendo, con una conducta digna del escorpión, la bonanza que el agro y la agroindustria le han brindado a su modelo, ahogándolos y comprometiendo su funcionamiento con una orgía de medidas burocráticas e intervenciones arbitrarias, delirantes e innecesarias.
Como diría el viejo Vizcacha, “están orinando contra el viento y lamentablemente nos están salpicando a todos”.
El agotamiento del modelo ha dejado sin esperanzas de un futuro mejor a buena parte de la sociedad que no tiene posibilidades de mejorar sus condiciones de marginalidad o de exclusión. La voracidad fiscal del modelo se ha hecho evidente, aún para sectores de ingresos fijos y asalariados que comienzan a percibir que habrá pocas posibilidades de progreso personal en el futuro, en el mundo “K”, con poca movilidad social y con tendencia creciente a una concentración económica en manos cómplices y amigas.
El panorama parece estar cambiando si tomamos en cuenta la reacción de una parte de la sociedad que salió a la calle a expresar su repudio y su hartazgo frente a las políticas, amenazas y provocaciones del Kirchnerismo manifestaciones que sorprendieron a todo el mundo, incluso porque involucró a una mayoría de gente joven que parecía, hasta ahora, renuente a participar y comprometerse.
¿Son éstas, acaso, las primeras sombras que proyectan los acontecimientos por venir?.
¿Puede haber un futuro mejor para argentina?
Seguramente habrá un futuro mejor para Argentina y también con seguridad, en su construcción, el papel protagónico lo tendrá la clase media, las clases medias que se deberán ir extendiendo en dirección a aquellos sectores de menores ingresos de bienes materiales y culturales. Recuperar la movilidad social que caracterizó a la Argentina y el acceso a una buena educación que permitió el progreso de los antepasados inmigrantes de la mayoría de los actuales integrantes de las clases medias, debe ser el objetivo central de un nuevo modelo de sociedad, a construir con la inclusión de todos los sectores actualmente marginados y condenados por el actual modelo, más allá del “relato” oficial, a mantener su condición de clientes disponibles para la construcción de poder populista.
La protesta es parte de la lucha por el cambio, pero es la propuesta la que lo motoriza y le da sentido y contenido real y valor a la actitud. Si es cierto que recién estamos viendo las sombras de lo que vendrá, hay que comenzar a edificar el futuro que queremos.
El primer paso será consolidar la decisión mayoritaria de conservar la Constitución y vivir en un Estado de Derecho y no en un estado de zozobra y de sometimiento a los delirios del poder populista. Pero los siguientes, serán para lograr un consenso básico sobre cómo construir el Estado de Derecho, y el camino a recorrer para lograrlo. Es fácil coincidir en lo que “no queremos”.
Hay que descubrir juntos aquello que queremos.
El camino a recorrer
Si la protesta se confirma y se mantiene cono movimiento social, corre el peligro de que se malogre y se esterilice en la mera exhibición de disgusto y mal humor o que se quiera aprovechar para capitalizarla electoralmente. La energía generada por un movimiento social espontáneo, debería ser encausada mediante cierta organización que permita canalizarla hacia objetivos superiores que respondan a la solución de los problemas que generan las protestas. Para ello resulta indispensable crear cierto tipo de liderazgo que preserve la legitimidad y autenticidad del movimiento, y que lo mantenga independiente de las políticas partidistas, porque su función será, en definitiva, presionar a los partidos para que respondan a los auténticos requerimientos de la sociedad.
Parecería que un liderazgo que responda a las exigencias planteadas, tendría que surgir, al comienzo, de los intelectuales independientes que compartan en este caso, los fundamentos motivadores: la defensa de la Constitución y del Estado de Derecho.
Son los intelectuales quienes pueden aparecer ante esta sociedad alarmada y angustiada, con ideas y propuestas claras y orientadoras y al mismo tiempo ofrecer mayor seguridad de independencia y de asepsia con respecto al régimen kirchnerista.


No hay comentarios:
Publicar un comentario