Don Juan Sosa, empecinado tambero, si los hay, despertó una de estas mañanitas frías de fin de otoño, y se "desayunó" con la noticia que se avecinaba una crisis en la lechería, provocada por un inoportuno incremento en la producción de leche. Atónito, se preguntó ¿Pero cómo puede ser, si hasta ayer se nos pedía que produjéramos más?
Si después de una década se logra producir un poco más, y con ello se provoca una crisis, realmente los productores deberían sacar conclusiones al respecto y tratar de explicarse y explicar a Don Sosa lo aparentemente inexplicable. La primera sensación que se tiene, es que aquí nadie ha hecho los deberes, ni el gobierno, ni la industria, ni la producción.
Si el anuncio se concreta y sobra leche, porque faltan "fierros" para poder secarla y exportarla, hay que poner en evidencia las razones para que ocurriera este disparate.
¿Sobra leche porque la producción es culpable de arriesgar, invertir y realizar el esfuerzo de incrementar su producción insensatamente, ya que debió analizar y evaluar más juiciosamente la coyuntura? ¿Faltan fierros porque no se realizaron las inversiones necesarias o hay circunstancias que no permiten aprovechar eficazmente la capacidad instalada?
En todo caso, no existen para nadie condiciones necesarias y razonables para hacerlas. La incertidumbre que surge de la falta de políticas de Estado, de garantías, de reglas de juego claras, a partir de una vocación gubernamental personificada y actuada por el secretario de comercio, para interferir y condicionar arbitrariamente el comercio y en particular, las exportaciones de lácteos, desalientan esas inversiones y nos condenan al estancamiento o a pagar el precio de una crisis cuando se aumenta la producción más allá de las necesidades del consumo.
En realidad estamos comprobando, que a partir de este condicionamiento político, tanto el sector público, como la industria son incapaces de ordenar la lechería. Pero también la producción por sus omisiones o falta de presencia.
Si se quiere que exista un futuro previsible para la lechería argentina, y que ocupe el lugar destacado en el ámbito internacional que merecería por su potencial, resulta imprescindible que la producción abandone su "autismo", se organice y asuma el protagonismo que le corresponde y al que su responsabilidad y su conveniencia la obligan, y no lo ceda más ni a los políticos, ni a los funcionarios, ni a los peso pesados de la industria.
La organización comercial de la producción mediante el asociativismo, adquiere sentido y trascendencia, porque le daría dominio sobre su producto y la capacidad para decidir sobre su destino, ya sea el consumo interno o la exportación. Este dominio debe estar asegurado por dos instrumentos necesarios y complementarios: la venta previa de la leche antes de su entrega en planchada de fábrica y la capacidad de secado para acceder al mercado internacional.
Esta función ordenadora de los mercados sería beneficiosa para el sector público y para los actores privados, a partir de la certeza de que las pérdidas ocasionadas por una crisis provocada por una sobre oferta en el mercado interno, serían mayores y más traumáticas que las ocasionadas por una diferencia negativa de los precios internacionales en relación a los internos.
Por otra parte, la capacidad comercial y de razonable anticipación que una eficaz organización comercial de la producción podría manejar, y la elasticidad que el modelo de producción predominante da, de levantar o no el pié del acelerador, otorgaría una interesante capacidad reguladora en la actividad que hasta ahora, se ha creído equivocadamente, que correspondía a un Estado intervencionista, mediante leyes, reglamentaciones y otras expresiones voluntaristas ineficaces. Serán los actores de la actividad quienes pueden hacerlo cabalmente, en el ejercicio de sus derechos y obligaciones legítimos, en el marco de una legalidad acatada por todos y de claras
políticas de Estado que señalen y expliciten los intereses públicos en la materia.
Tampoco sería razonable que la producción como tal pretenda avanzar en la cadena, para defender mejor sus intereses, salvo en la distribución de su producto. No tendría sentido que el productor quiera devenir en industrial. Quién opere como industrial, es y se comporta como industrial porque está en su "naturaleza" profesional. No podría operar con la lógica de un productor. Resulta imposible travestir la rana en escorpión y viceversa.
En ese sentido, la producción no pierde su condición o su naturaleza, cuando amplía la frontera de su actividad desde la tranquera del tambo a la planchada de la fábrica.
Tampoco cuando acondiciona su leche para aumentar su duración y condiciones de comercialización, enfriándola, concentrándola o secándola para acceder a la exportación. Son operaciones para mejorar el dominio y el manejo comercial de su producto sin cambiar la naturaleza del mismo.
La madurez del "negocio" de los lácteos estará determinada por una producción organizada que asuma sus responsabilidades, sin dejar espacios vacíos, consciente de su capacidad productiva y comercial y de su capacidad ordenadora proyectada más allá de su propio campo de acción.
Don Sosa, si Ud. no se calienta por su negocio, ¡Tendrá que pagarlo caro! La uniónhace la fuerza, no se la dará la "amistad" de los industriales o de los políticos o funcionarios de turno, y si no es así, que se lo demuestren aceptando y promoviendo, si es posible, la asociatividad de los productores. Y todos amigos.


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